Matías, benefactor de la Humanidad




De la condición y ejercicio de un moderno caballero andante

Este verano de 2014 Matías Muñoz Ros, un murciano nacido en 1928, “entregó su espíritu” como dijera Cervantes de Don Quijote para describir su muerte que es un modo muy elegante y realista de contarlo.

Entre 1928 en que Matías nació y 2014 en que se liberó de las pesadas cadenas de la vida (“difunto” es una  palabra del latín que significa el que ha pagado sus deudas)  hizo cosas que son dignas de mención.

Su vida discurría con normalidad como oficinista de una empresa de ámbito nacional que le obligaba a viajar por España en los setenta cuando entrado en la cuarentena de edad, contrajo o desarrolló una enfermedad neurológica que le llevaba derecho a la muerte por parálisis progresiva. Para un hombre ejercitado en la actividad física y apasionado de la montaña la inmovilidad era un castigo muy severo.

Su más grande aventura, escapa de una muerte segura

Matías hizo real el aforismo antiguo de los samuráis de “en las dificultades emergen las capacidades”. Ya estaba Matías postrado en la cama del pasillo de los condenados a muerte y casi inmóvil cuando la semilla del héroe que llevaba dentro, a fuer de tanto estimularla con incesantes pensamientos de supervivencia, afloró y germinó abriendo paso. Y así, valiéndose él de la ayuda de un amigo suyo, ciego para más señas, que le prestaba el brazo para sostenerlo mientras que él ponía la vista para ver la luz, empezó sus ejercicios de auto-curación que al cabo de un tiempo milagrosamente le liberaron de la enfermedad mortal. Matías como el Ave Fénix había renacido de sus propias cenizas superándose y transformándose en una versión más depurada de sí mismo. Y es que aunque no lo creamos, la Naturaleza tiene un cupo de milagros siempre al alcance de cada criatura aunque solo los utilicen aquellos que creen que lo imposible es realizable.

La curación autógena le dejó una secuela que le impedía trabajar, un paroxismo, una especie de tormenta cerebral durante la cual perdía la conciencia y se agitaba de pies y brazos como poseído por una fuerza incontrolable, y esto le sucedía varias veces al día y por periodos de minutos, de modo y manera que coexistir con esta terrorífica limitación y llevar a efecto, con semejante cargo, todo lo que hizo, hay que tenerlo por hecho milagroso.

Matías, el Caballero de los Pobres

Con su pensión mínima de invalidez consagró su tiempo al servicio de los pobres. Sus creencias cristianas,  alimentadas por entonces con la pertenencia a una comunidad cristiana de base en donde sus escasos miembros compartían en común el dinero, le llevaron a imitar el ejemplo del Nazareno aunque Matías, como hombre despierto, era un enemigo declarado de la jerarquía eclesiástica a la que no reconocía como organización cristiana sino como partida de hipócritas y farsantes que es lo que verdaderamente son ( y así dice el aforismo que “De obispo para arriba ninguno cree en Dios” ). Seguramente el Nazareno pensaría hoy igual de los curas que dicen representarle.

Sus buenas cualidades de “chupatintas” como él mismo se definía, las aplicó a resolver problemas de papeleo y gestión de pensiones y prestaciones de gentes por lo común inmersas en la más absoluta pobreza. Y por aquí fue por donde le conocí yo allá por 1980. Su casa de las Casas Baratas de Torre de Romo era un verdadero santuario jurídico de Lourdes, un trasiego  a todas horas de visitantes lisiados en sus derechos que Matías cual milagroso nuevo Mesías jurídico acogía sin cobrarle jamás nada a nadie. Pasados los años un servidor bromeaba con él “Matías tu estás comprando tu salvación eterna a muy buen precio y por tanto llevas un negocio espiritual escondido”.

Cuando leí la autobiografía de Gandhi hallé un parecido asombroso entre ambos personajes, los dos eran almas que habían superado a su entorno y los dos eran testarudos de armas tomar, capaces de morir por mantener una dieta vegetariana estricta (como estuvo a punto de pasarle a Gandhi).

Como asesor laboral que por los ochenta trabajaba en  un sindicato le ayudé en sus casos y alguna vez le acompañé a su consultorio de los pobres del Barrio de San José de Alcantarilla o a la comunidad gitana de Sangonera donde entraba con la libertad y el reconocimiento de un patriarca del clan. La relación mía con Matías era, como todo en la vida, un toma y daca. Yo aprendía los secretos de un hombre auténtico para llegar a ser fuerte, despegado de lo material y auto disciplinado, y él se beneficiaba de mis conocimientos de leguleyo a la vez que realizaba una relación paterno filial que el destino no quiso darle.

No hay caballero sin escudero

Matías era un monje consagrado al servicio de los más necesitados, un moderno Don Quijote cuyas aventuras no eran menores que las del verdadero personaje del cual Cervantes noveló sus hazañas. Y como andante caballero no pudo existir sin su escudero. Que por tal tenía a su mujer, Maruja, sufriendo ella muchas veces los manteamientos que iban dirigidos al andante o asumiendo los pesos que el ejercicio de la andantesca orden lleva para quienes están en el círculo directo del caballero. Y así en su casa, además de recibir a muchos condolidos,  recogía abandonados, pacientes del psiquiátrico en sus días de permiso, presos en tercer grado o gente que no tenía un techo. No sé yo que habría sido del caballero sin el auxilio permanente y abnegado de la escudera.

Matías en prisión

Cierto día ocurrió que Matías se dirigió a una prostituta que él conocía de vista, lo hizo en términos amables porque jamás despreció ni discriminó a estas mujeres, pero ella lo mal interpretó creyéndose que la había insultado, pues la mujer estaba habituada a recibir insultos de la gente y por tales tomó las palabras de Matías. La dama se fue al poco  a Comisaría y puso una denuncia falsa en venganza (de una ofensa imaginaria) aduciendo que Matías la había golpeado e insultado.

En esto debió de ver Matías una señal de Dios que le mandaba una prueba (una gran aventura que diría Don Quijote) porque teniendo abogados que por la admiración que le profesaban le hubieran defendido gratis, se defendió solo y perdonó a la prostituta por su mentira a la salida del Juzgado, pero fue condenado por la sentencia a unos días de “arresto menor”, que era pena que se cumplía en casa. Pero Matías quiso cumplir en la cárcel la condena de los días. El juez le tuvo por trastornado cuando se presentó en el Juzgado pidiendo ingresar en prisión para cumplir la condena de arresto menor y hasta evaluó su señoría en mandarle al forense por si estaba mal de la cabeza porque atisbos daba en tan  bizarra petición. Pero tanta fue su porfía e insistencia que el juez firmó el mandamiento de ingreso en prisión contra Matías. En la Comisaría había policías que conocían a Matías por su labor abnegada a favor de los pobres, y hasta inspectores y comisarios había que le tenían un alto respeto y sospechaban que Matías no podía haber hecho aquello Cuando se presentó se presentó para ser conducido a la prisión de Sangonera el inspector o comisario de turno no quiso que Matías bajara al calabozo, lo que le llevó a un enfrentamiento con Matías porque él quería que se le tratase igual que a cualquier preso y que se le ingresara en el calabozo como a cualquier otro en la misma situación. Luego al introducirle en furgoneta a la prisión el policía de conducciones le dijo de no ponerle los grilletes en atención a su edad, lo que desató otra exigencia del lado de Matías que pedía ser tratado por igual. Los policías pensaron que el hombre no se hallaba en su sano juicio pero cumplieron la orden judicial. En la prisión Matías conocía a algún interno al que había ayudado a él o a su familia, quien le hizo de anfitrión. Los presos se preguntaban como tenía que ser su historial delictivo para ingresar en prisión para escasos días de arresto menor por una simple falta, pues ellos de sobra sabían que nadie ingresaba en prisión por ese nimio motivo de condena. Así que Matías, muy socarrón él, presumió de tener un historial delictivo que nadie le podía igualar, creándose una reputación extraordinaria en poco tiempo y ascendiendo a la aristocracia carcelaria donde los títulos son las condenas soportadas y los crímenes impunes.

Matías siempre tuvo un poder especial para enfrentarse a los “gigantes” ponerlos de “chupa domine”. Al personaje más pintado le decía en su cara y delante de terceros “tu eres un sinvergüenza porque estás en este puesto público y por las tardes estás haciendo negocios que tienen que tienen que ver con tu cargo”, Matías era temido por aquellos gigantes a los que se había enfrentado, insobornable e incorruptible decía que no tenía prejuicios en asaltar un banco, que es una entidad de ladrones, si era para darle de comer a gente necesitada. Su vida era la de un Robin Hood.

Su última etapa       

Con los años Matías tuvo que reducir su actividad frenética de benefactor a los necesitados con problemas de pensiones o ayudas sociales. Sus crisis cardíacas (anginas de pecho de las que se reponía el mismo dia) le forzaron a aminorar el frenesí y tal vez esa etapa de muchos años ya estaba cubierta. Coincidió esto con su incorporación a una comunidad espiritista cristiana con la que se fue a vivir vendiendo su casa, su única propiedad, entregándola para la casa de la comunidad que años más tarde se disolvería. Desprenderse de la casa asidero de su existencia para entregarla a su nueva comunidad religiosa fue una muestra de su desapego material.

Hace unos años me avisaron de que Matías estaba muy mal en el hospital de la Cruz Roja. Según Maruja los médicos decían que iba a morir. Nuevamente Matías resucitó y se marchó a casa. Recuerdo que en mi primera visita al hospital le dije que un hombre como él no podía morir en un hospital, que era un desprestigio para él, que un hombre de su condición y su fuerza acumulada a base de penalidades no podía morir como cualquiera otro,  tenía el derecho natural de elegir el sitio donde morir y que ese hospital no era sitio para él. Se rió dentro de su estado casi agónico, pero sea como fuera hizo realidad mi consejo y a los pocos dias salió por su propio pie de allí.

Matías murió en su cama de la residencia en un estado de paz en el verano de este 2014.

Este hombre con nombre idéntico al discípulo del Nazareno que sustituyó al famoso Judas Iscariote vivió y murió como un cristiano auténtico. Y al elevar su espíritu por encima de las circunstancias limitantes de sus congéneres, al acopiar batallas singulares contra verdaderos gigantes, enemigos de la humanidad, que unas veces derrotó y otras debilitó, en suma, al ayudar a reducir el sufrimiento de los más desfavorecidos Matías merece por derecho propio un título sempiterno: Benefactor de la Humanidad.

Como dijo Máximo Décimo en “Gladiator”, “lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad

A Matías Muñoz Ros, in memoriam. 


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *