¿Y CUAL FUE EL LUGAR DE LA MANCHA?




Para quien se tome el tiempo leer con atención la primera parte del Quijote no hay tanta intriga en cual fue el lugar del famoso Don Quijote de la Mancha; porque lo que no quiso recordar Cervantes en el capítulo 1 lo cuenta en el último, el 52. Allí recoge unos versos algo burlones hacia unos académicos donde dice:

LOS ACADÉMICOS DE LA ARGAMASILLALUGAR DE LA MANCHA, HOC SCRIPSERUNT (…)

Parece evidente que Cervantes identifica el lugar del cual era natural el famosísimo Don Quijote, con la población de la Argamasilla. Su enemigo Avellaneda hasta inicia el libro apócrifo sobre Don Quijote con una dedicatoria al alcalde y regidores de «la Argamesilla».

No es obstáculo que en la segunda parte del Quijote Cervantes declarara que no quiso Cide Hamete poner el lugar de Don Quijote para que las ciudades compitieran entre sí, porque a lo que parece Cervantes había olvidado que diez años atrás en la primera parte y en los versos irónicos hacia los académicos de “la Argamasilla” “lugar de la Mancha” había puesto el nombre y apellido de la patria local de Don Quijote.Pero existen en la Mancha dos Argamasillas, ambas en la provincia de Ciudad Real, una llamada de Alba y otra de Calatrava.

¿Cual es de las dos es la patria feliz de Don Quijote?

La única Argamasilla que en los documentos y mapas de la época (siglos XVI y XVII) aparece con el nombre de «Argamasilla» sin más o a secas, es la del campo de Calatrava, la antigua, pues la de «Alba» es una población mucho más reciente, recién fundada en el siglo XVI o centuria del 1500, por la Orden de San Juan. La Argamasilla de Don Quijote cuenta a finales del 1500 con unos 600 vecinos como atestigua el censo de Felipe II (las «Relaciones Topográficas»). Curiosamente la verdadera patria del histórico y verdadero personaje Don Quijote no reconoce, vive ajena, a su más preciado tesoro histórico, ser la tierra o lugar del famosísimo Don Quijote, pues todo lo más que hallamos en el pueblo es una calle dedicada a un cervantista (Rodríguez Marín) que señaló a esta Argamasilla como la del Quijote, en vez de a la del Alba como tantísimos creen, pero todo esto partiendo de la idea, no verdadera, de que Don Quijote fue un personaje de ficción creado por Cervantes. En el pueblo podemos hallar un monumento al labrador pero nada equivalente a los argamasilleros (y españoles) más universales, Don Quijote y su vecino, amigo y escudero, Sancho Panza tan real y verdadero como el propio Don Quijote.

LA IGLESIA DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Esta de arriba es la foto de la iglesia del pueblo. Fijaos bien porque esta foto que veis recoge el único testigo en pie de las idas y venidas del famoso hidalgo del señor Quixada el Bueno, luego renombrado Don Quijote de la Mancha. Es la Iglesia, algo deslucida por el inexplicable techo de uralita, donde el señor Quixada en el curso de unos cincuenta años de idas y venidas por el pueblo, tantas veces entró y salió, de niño aquí lo bautizaron, aquí comulgó y le confirmaron, pero nunca le casaron porque era de natural solitario y rebelde a los desposorios. Aquí rezó no pocas veces con las primeras horas del día (recordemos que era gran madrugador y amigo de la caza), y aquí platicó a gusto con su buen amigo el cura del Lugar, hombre, como sabemos por Cervantes, docto y graduado en Sigüenza, que aflojó su bolsa y se sacrificó para sacar a su buen amigo Don Quijote de la Sierra Morena donde había ido a hacer la obligada penitencia que hicieron los grandes caballeros librescos como Amadís. Alrededor de este templo el bueno del señor Quixada, antes de cambiar de condición y llamarse Don Quijote, intentó convencer a su amigo Sancho Panza, porfiándole que iba a mudar de estado para bien del género humano dando comienzo a la gran gesta de hacerse caballero andante que se haría famosísimo y que necesitaba un escudero que lo asistiese, porque no era buena norma echarse al mundo de la caballería sin escudero y sin las demás cosas que el ventero o señor del Castillo, su señor padrino, le había aconsejado la noche de luna aquella de la armazón caballeresca, como lo de los dineros, ungüentos y camisas limpias.

Si estas eclesiásticas rocas nos hablaran -o si nosotros pudiéramos entender su lenguaje porque tal vez a su modo hablen- oiríamos las cosas tan curiosas, ingeniosas y pintorescas que Don Quijote dijo y prometió a Sancho hasta convencerle de mudar el oficio de labrador pagado a salario por el de escudero de caballero andante a merced y es que la confianza de Sancho en el hidalgo del señor Quijada no tenía límites. Y mas cosas de gran curiosidad que siguen ahí encriptadas esperando su tiempo y que podrían contarnos estos muros como las variopintas opiniones de los vecinos de la Argamasilla sobre la extraña locura de su vecino el señor Quixada, tema de conversación durante largo tiempo, o sobre el revuelo formado el domingo aquel donde por la plaza principal frente a la iglesia apareció Don Quijote al medio día enjaulado en una celda de madera, subido en un carro arrastrado por bueyes que había contratado el tracista de su amigo el cura para llevarle de nuevo a su aldea, haciéndole creer que era caballero encantado, vivencia que era obligado pasar a los caballeros míticos.

He visitado varias veces esta Argamasilla de Don Quijote, que vive tan ajena a su escondido tesoro histórico. Cuando el Rey Felipe II hacia 1575 ordenó responder a las preguntas del censo a sus lugareños, estos lo dejaron en olvido, al punto de que hubo de reclamarse por las gentes de la Corte el cumplimiento y traer a vecinos del cercano pueblo de Puerto Llano a terminar el trabajo que los argamasilleros abandonaban sin hacer por pereza o indiferencia. La desgana de aquellos tiempos es preludio de la falta de interés de hoy por reivindicar al universal hijo de la villa.

Cuando en julio tal vez de 1592/3 Don Quijote hizo con Sancho mucho antes del alba su tercera y definitiva salida, rumbo a Zaragoza, Don Quijote tomando el camino del norte, debió de echar la última mirada a su pueblo, justo al subir de la cuesta pasada la cual deja de verse la aldea, que no volvería pisar jamás.

Dejaba el testamento hecho y le restaba un mal cuerpo por las recientes burlas vividas en su aldea. Las gentes del lugar se mofaron de las locuras famosas que hizo Don Quijote, asombrándose de cómo un hombre tan educado, apacible y de buen juicio como eral el honrado hidalgo del señor Quixada, hubiera salido por esas niñerías, correrías y locuras como soltar galeotes, arremeter contra molinos, atacar frailes, horadar cueros de vino que eran gigantes o refugiarse en la Sierra a hacer penitencia y todo lo demás, volviendo en tan mala condición al pueblo que en la primera vuelta iba el caballero doblado en un asno y en la segunda, como he dicho y es sabido, encerrado como malhechor peligroso en una jaula de madera.

Don Quijote en la madrugada aquella de su última salida debió de mirar atrás, sobre la cuesta, volviendo a su rocín, y soltar un «Adiós lugar, adiós mundo vulgar, yo me separo de ti porque así me lo demanda el cielo y mi descanso de vuestras villanías e ingratitudes» y siguió su camino dándole la espalda a su tierra ya para siempre.

Han pasado más de cuatro siglos desde aquella rencilla entre Don Quijote y su aldea. Y el tiempo lo cura todo, se hace la hora de la reconciliación. Don Quijote ya no guarda resentimiento hacia su pueblo y no le importa que se le recuerde. La Iglesia del pueblo de Argamasilla de Calatrava queda como único vestigio en pie de la vida del famoso Don Quijote. Quien tenga interés por el personaje verdadero de Don Quijote tendrá que dirigir sus pasos hacia este lugar. Es la meca secreta de la nueva caballería andante.


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